EL MUNDO MIRA

CHILE

Alicia en el recuerdo (parte 2)

Centenario Alicia Morel (1921-2017)

Manuel Peña Muñoz​

El lunes 26 de julio celebramos el centenario del natalicio de la escritora Alicia Morel (1921-2017), destacada escritora, traductora, investigadora, poeta y una de las fundadoras de IBBY Chile. En esta segunda parte, seguimos recordando su legado y amistad.

Anécdotas de una larga amistad.

Sin lugar a dudas los títeres fueron un punto de unión con Alicia. Yo había estudiado teatro en Valparaíso y fui Jefe de la Carrera de Teatro en la Universidad de Chile, así que tenía experiencia actoral y en lectura dramatizada. En vista de que le conté que tenía un teatro de títeres en Valparaíso, me invitó a que diéramos una función en la Feria del Libro de Viña del Mar. Como ambos teníamos experiencia en los títeres, nos llevábamos muy bien. Alicia sabía fingir las distintas voces, modular, cantar y darle expresión a los parlamentos. Luego participamos con funciones de títeres y lecturas dramatizadas en la primera Feria del Libro Infantil en el Drugstore de Providencia, cuya directora era Constanza Mekis y fue allí que nos conocimos. 

Las lecturas dramatizadas eran diálogos que Alicia escribió con distintos personajes de la literatura infantil. Por ejemplo, Pinocho dialoga con el Hada Azul, o Peter Pan con el Hada Campanita. Íbamos comentando los libros y después hacíamos las lecturas dramatizadas. Nos salían tan bien esas lecturas que Alicia me propuso que diéramos una conferencia dialogada sobre los personajes de los cuentos infantiles, en el Instituto Chileno de Cultura Hispánica. El salón de actos estaba repleto de gente: profesores, escritores, estudiantes universitarios… Nosotros íbamos comentando los libros y realizábamos la lectura dramatizada de las distintas escenas. Fue una linda experiencia, tanto para nosotros como para quienes asistieron.

Versos que aparecen

En 1988 estaba por publicar mi primer libro de narrativa en Santiago titulado El niño del pasaje, que había salido finalista en el concurso de novela de la editorial Andrés Bello. Yo tenía el original anillado y antes que se publicara se lo di a leer a dos escritores para que me dieran su opinión, por si era necesario alguna corrección. Alicia accedió a leer el original anillado y se lo llevó a su casa para hacerme comentarios. Pasaron unos días y mi teléfono sonó a las 11 de la noche. Muy sorprendido, levanté el teléfono y era ella que me llamaba. Estaba en cama, leyendo el original, y de pronto se topó con los siguientes versos escritos en un capítulo del libro:

Cuando yo me muera
los soles y lunas
seguirán girando.

Cuando yo me muera
tan solo mi estrella
caerá llorando.

Cuando yo me muera
los soles y lunas
seguirán girando.

El niño protagonista de la historia había ido con su madre a visitar a una anciana que estaba enferma en una casona del cerro Alegre de Valparaíso. Semanas después, el niño se entera de que la anciana ha muerto. Sin embargo, a los pocos días recibe una fotografía enviada por la anciana antes de morir, con esos versos escritos en el dorso.

—¿De dónde sacaste esos versos? —Alicia me preguntó sorprendida.

—Los copié de un álbum de firmas de la casa del doctor Reed, un famoso médico inglés del cerro Alegre de Valparaíso —le respondí. —Él recibía a pianistas, escritores y actores en su enorme casa y cuando se iban las visitas ilustres, les pedía que firmaran el libro de visitas. En una de mis visitas, la familia me mostró el álbum y yo copié esos versos escritos por una señora de pelo blanco de Valparaíso, llamada Marie Charlotte de La Barca. Ella decía que era Marquesa, descendiente del dramaturgo español Calderón de la Barca. Era una mujer misteriosa que se paseaba por las calles de Valparaíso con sandalias, el pelo suelto y un gladiolo en la mano. Cierto día fue a saludar al doctor Reed y, cuando le pidió que firmara el álbum de visitas, escribió esos versos, firmando ‘Condesa Marie Charlotte de la Barca, Valparaíso, julio 1955’—. 

—¡Esos versos son míos! —exclamó Alicia. —Yo los escribí, quién sabe de dónde los sacó esa señora para que los copiara en el libro de firmas—. 

Como yo conocía a la Marquesa, copié los versos porque pensé que podían encajar en la historia que estaba escribiendo. Así fue cómo llegaron a uno de los capítulos de mi libro. Y pensándolo bien, aquella condesa se parecía mucho a Alicia pues como ella, tenía el pelo blanco y los ojos azules. También se parecía a la anciana en cama que yo había inventado, aunque en ese momento no lo pensé.

Muy asombrado con esta coincidencia, a los pocos días fui a ver a Alicia a su casa en Ñuñoa y me regaló su libro de poesías Como una raíz de agua, publicado en la Editorial del Pacífico el año 1951, año de mi nacimiento. La dedicatoria dice: “Para Manuel Peña escrito con pluma como corresponde a la época en que se editó este libro. Con todo cariño, Alicia Morel, Julio 1988”. Y en una de sus páginas aparece el poema completo:

Simpleza

Cuando yo me muera,
los soles y lunas
seguirán brillando.

Cuando yo me muera
siempre el mismo viento
cantará en el campo.

Cuando yo me muera,
las charcas colmadas
seguirán soñando.

Cuando yo me muera,
la tierra sus brazos
abrirá cantando,
como si yo fuera
semilla de vida,
semilla de cantos.

Cuando yo me muera,
tan solo mi estrella
caerá llorando.

Quienes tuvimos el privilegio de conocer a Alicia, sabemos que fue un ser excepcional, tocado por cierta gracia. Era un ser distinto que irradiaba alegría, optimismo, amistad y amor a  la vida. Chispeaban sus ojos azules cada vez que hablaba. Fue la hormiguita del cuento que nos encantaba cuando niños y que ahora sigue cautivándonos a través de sus libros como un hada invisible.

En el centenario de su nacimiento seguimos recordándola.

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Manuel Peña Muñoz, escritor, investigador literario y Profesor de Castellano, especializado en Literatura Infantil y Juvenil en España, es integrante del Directorio de Fundación Palabra.

Escenografía para teatro de títeres que representa una antigua cocina sureña y dedicatoria de Alicia Morel.

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