EL MUNDO MIRA A
CHILE
Entender la formación de lectores en Chile
Una mirada humana a las trayectorias de lectura
Equipo de Fundación Palabra
julio 2, 2026
¿Qué experiencias biográficas y trayectorias de lectura permiten el
acercamiento y el desarrollo del gusto por la lectura?
Con esta pregunta en mente, las investigadoras Loreto Ortúzar, María Isabel Vera y Valentina Schindler comenzaron la investigación Zonas de desanclaje del capital cultural de origen: pasado, presente y futuro en el desarrollo del gusto por la lectura.
A partir de diversas entrevistas identificaron cuáles fueron esos elementos centrales en la vida de las personas que los llevaron a tener una relación cercana con la lectura. En particular, en el caso de las bibliotecas públicas y las bibliotecas escolares, examinaron los usos, significados y condiciones de acceso asociados a estos espacios.
Los hallazgos del estudio: el rol transformador de las bibliotecas
La investigación «Zonas de desanclaje del capital cultural de origen» demuestra que las bibliotecas son motores clave para transformar los hábitos lectores en entornos sin tradición biográfica de lectura. El estudio identifica tres dinámicas esenciales que reconfiguran estas trayectorias: el acceso autónomo basado en la libre exploración; la apropiación progresiva del hábito en la adultez gracias a la cercanía territorial; y el valor de la biblioteca como un refugio de permanencia no comercial.
Para profundizar en la dimensión humana y social de este estudio, conversamos con Loreto Ortúzar, Licenciada en Letras Hispánicas mención Lingüística y Literatura, UC
Magíster en Sociología, UAH, sobre sus motivaciones personales, los desafíos metodológicos de conectar con las historias de vida de los participantes y su visión sobre las políticas públicas de lectura en el país.
¿Qué fue lo que a nivel personal te impulsó a querer entender cómo se forman los lectores en Chile hoy? ¿Hubo alguna intuición previa que el estudio terminó confirmando o derribando?
Loreto Ortúzar: Creo que las preguntas de investigación siempre tienen alguna relación con las propias biografías. En ese sentido, para mí siempre ha sido muy claro cómo me acerqué a la lectura. Crecí en un pueblo de la Carretera Austral donde llovía casi sin parar 8 meses del año. Mis padres eran lectores y la lectura formaba parte de la vida cotidiana de nuestra casa.
Cuando llegué a vivir a Santiago a los 18 años, la lectura dejó de ser un asunto privado. Comencé a ver a las personas leer en el metro, en la micro, en los parques. Descubrí una forma de habitar la lectura en el espacio público que hasta entonces no había experimentado. Cuando veía a otros leer me preguntaba qué estarán leyendo, por qué leen, desde cuándo lo hacen o cuáles serán sus condiciones ideales para leer. Más tarde, estudiando sociología, esas inquietudes se transformaron en una pregunta de investigación que incorporaba también una reflexión sobre el papel del capital cultural en la formación de lectores.
Respecto a las intuiciones, sí, hubo algunas que el estudio confirmó. La principal tiene relación con algo que también está presente en mi propia experiencia lectora. La importancia de encontrarse con alguien que muestre la lectura como un espacio de bienestar y como una vía para el conocimiento y la comprensión del mundo. Al analizar las entrevistas, esa figura apareció una y otra vez; a veces era un familiar, otras un profesor, una bibliotecaria o un mediador de lectura profesional.
Entrar en la trayectoria de una persona es entrar en sus recuerdos y, en este caso particular, muchas veces en su vulnerabilidad. ¿Cómo fue ese proceso de ganar la confianza de los entrevistados para que abrieran la puerta de su historia lectora personal?
L.O.: Diría que fue un proceso relativamente sencillo por dos razones. La primera es que los participantes eran voluntarios y conocían los objetivos de la investigación. Llevo tres estudios sobre prácticas lectoras y, en general, me he encontrado con que las personas quieren compartir sus experiencias con la lectura y contar el lugar que esta ha tenido en sus vidas.
La segunda razón tiene un carácter más metodológico. Junto a Valentina Schindler, coinvestigadora del estudio, dedicamos bastante tiempo a diseñar una pauta de entrevista que permitiera abordar temas personales de manera gradual y respetuosa. La probamos previamente con otras personas y eso nos ayudó a construir una conversación que avanzaba desde aspectos más generales hacia experiencias más íntimas, siempre respetando los tiempos de cada entrevistado. Creo que esa combinación entre el interés de las personas por compartir sus historias lectoras y una pauta cuidadosamente diseñada facilitó la construcción de confianza.
¿Hubo algún testimonio o descubrimiento que te obligara a replantear la forma en que estabas mirando el problema?
L.O.: No hubo ningún testimonio que me obligara a replantear la investigación, pero sí una situación que me hizo estar especialmente atenta durante el análisis. La muestra se conformó con el apoyo de dos bibliotecas públicas, la Nicomedes Guzmán y la Fatema Mernissi, que convocaron a usuarios que cumplían con las características definidas para el estudio. Después de realizar tres o cuatro entrevistas, empezamos a notar que la biblioteca ocupaba un lugar muy importante en las experiencias de lectura de los participantes. Recuerdo haberme preocupado por un posible sesgo de selección. Sin embargo, después de conversar con el asesor metodológico del estudio, entendí que cualquier estrategia de acceso a los participantes habría tenido limitaciones similares. Lo importante era no perder de vista la pregunta de investigación y distinguir entre las experiencias actuales de los entrevistados y aquellas experiencias de vida que habían contribuido a su formación como lectores.
En las conclusiones orientadas a las bibliotecas públicas y escolares las destacas como factores que pueden llegar a ser decisivos en la formación de lectores. ¿Qué tienen estos espacios físicos que no pueden suplir otros entornos digitales o comerciales?
L.O.: Creo que la principal diferencia está en las personas. Las bibliotecas públicas y escolares cuentan con mediadores de lectura, que además de ser profesionales con conocimientos acabados en las colecciones de esos espacios y facilitar el acceso, son personas que generan vínculos humanos en torno a la lectura. De hecho, en una investigación que estoy realizando actualmente sobre participación en bibliotecas públicas, una de las razones que con mayor frecuencia mencionan los usuarios para asistir a estos espacios es el sentido de pertenencia, acogida, refugio y apropiación comunitaria. Eso no lo produce la infraestructura, las colecciones o el mobiliario por sí solos, lo generan las personas que habitan esos espacios y las decisiones de gestión que permiten construir esos vínculos. Creo que ahí radica una de las mayores fortalezas de las bibliotecas frente a otros entornos digitales o comerciales.
¿De qué manera el mediador puede transformar una biblioteca en un espacio donde la lectura deje de ser un acto solitario y pase a ser un vínculo comunitario?
L.O.: Yo creo que para que la lectura deje de ser un acto solitario y pase a ser un vínculo comunitario, la conversación y el encuentro deben estar en el centro de las estrategias de mediación. Sin embargo, el mediador necesita condiciones que sostengan ese trabajo. La evidencia muestra que la participación en las bibliotecas no depende únicamente de la calidad de la mediación, también requiere decisiones de gestión que fortalezcan la vinculación territorial. Estoy pensando en aspectos como una difusión que utilice los canales que efectivamente usa la comunidad, horarios compatibles con las rutinas de las personas, colecciones que dialoguen con las identidades e intereses del territorio, trabajo sostenido con establecimientos educacionales, juntas de vecinos y organizaciones locales.
Un ejemplo que me gusta mucho proviene de una de las bibliotecas públicas con las que estoy trabajando en la investigación que comenté anteriormente. Esta es una biblioteca ubicada en una comuna con altos índices de prioridad social en la región Metropolitana. Cuando la inauguraron, antes de impulsar actividades de lectura, el equipo comenzó organizando onces con las vecinas del barrio. El objetivo inicial no era promover la lectura, sino conocerse, generar confianza y construir vínculos. Fue a partir de esos encuentros que surgieron las condiciones para desarrollar posteriormente actividades de mediación lectora y otras iniciativas culturales.
Basándote en tu estudio, si tuvieras que entregar tres recomendaciones clave para las políticas públicas de lectura, ¿cuáles serían?
L.O.: La primera recomendación sería generar experiencias placenteras con la lectura desde la primera infancia. Para ello, todas las salas cuna y jardines infantiles deberían contar con espacios de lectura y con personas capacitadas para mediar esas experiencias.
La segunda, y en línea con la anterior, sería fortalecer la formación en mediación lectora dentro de las carreras de Educación Parvularia y Pedagogía. La evidencia muestra que el encuentro con un mediador significativo puede marcar una diferencia importante en las trayectorias lectoras.
Por último, fortalecería las bibliotecas públicas desde una perspectiva de gestión y política pública. Una de las cosas que he observado es que el desarrollo de estos espacios no debería depender exclusivamente de cuánto los valore una administración municipal o una autoridad en particular. Más bien, debiera existir un acuerdo amplio respecto de su importancia y una política clara que entregue continuidad a su trabajo. Las bibliotecas cumplen funciones educativas, culturales y comunitarias que requieren una mirada de largo plazo. Por eso, es fundamental contar con instituciones y lineamientos capaces de sostener ese trabajo más allá de los cambios políticos o administrativos.
Después de analizar tantas historias de vida, ¿dónde sitúas tu esperanza para la formación de lectores en Chile?
L.O.: Mi esperanza está en los mediadores de lectura. Después de escuchar diversas historias de vida y trayectorias lectoras, confirmé la importancia que puede tener una persona que invita a leer, que acompaña y que ayuda a descubrir el valor de la lectura. Ahora bien, para que ese trabajo sea posible, se requieren ciertas condiciones. La formación de lectores debe ser valorada por todos quienes forman parte del ecosistema del libro y la lectura, desde los equipos educativos y culturales hasta los sostenedores y tomadores de decisiones. Cuando existe esa valoración, los mediadores cuentan con mejores herramientas para desarrollar su labor y generar experiencias significativas.
Te invitamos a conocer más de esta investigación, con esta presentación de los resultados del estudio y este texto enfocado en las bibliotecas escolares y públicas.
Agradecemos a las investigadoras por compartir con nosotras los resultados de su trabajo.
Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2025
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