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EL MUNDO MIRA A CHILE
Trinares
Felipe Munita
Ilustraciones de Sozapato
Fondo de Cultura Económica, 2024
El 06 de enero de 2025 la BILIJ se llenó de alegres sonidos durante la presentación del libro Trinares, de Felipe Munita. Nos acompañaron Ángeles Quinteros y María Emilia López, quienes compartieron con los presentes su delicada lectura y visión de este poemario.
En el contexto del Día de la Poesía, compartimos con ustedes la presentación de Ángeles Quinteros.
El poemario Trinares honra su título en cada estrofa: este libro nació para ser cantado, porque sus versos también lo hacen: gorjean, canturrean y saltan. Y vuelan, descienden y vuelven a encumbrarse, pero esta vez, acompañados de la mano -o el ala- del lector, elevándose poema a poema para terminar observando -allá abajo, chiquitito- el mundo de un nuevo modo: uno donde la música es una estrella más, donde el recuerdo del agua se esconde en las patas de la garza y el poema es un ovillo del cual hay que tirar.
Pero este libro no solo se lee y se canta, también se escucha: en él oímos, además de trinares, la canción de los ríos y los vientos, rumores de cielo, el repiqueteo del aguacero, el rugido de las mareas, el mugido de las vacas, el secreteo de las nubes, el croar de las ranas, la lengua de la caracola y el silencio. Porque, sabemos, toda buena poesía debe incorporar el silencio: está ahí presente en el vuelo mudo de la garza, en la tranquilidad previa al canto que abre el sobre del alba, en la tristeza de la guitarra sin cuerdas, en el cansancio de la nota Do, en el crecimiento sigiloso del árbol.
Aunque suene paradójico, se oye ese silencio que da paso a una melodía progresiva dada por una cuidada elección de palabras, como en el poema “El canto”:
“De pronto el ave canta y una tropa / de trinos toma forma de concierto / y el cielo es un potrero al descubierto / y el canto un caballo que galopa”.
Estos versos indudablemente trinan en las “r” y galopan en el golpe de las “c”.
Felipe Munita logra lo que en el poema “Deseo”, de Circe Maia, gran poeta citada en el libro y a quien volveré un par de veces más, apunta: “No quisiera que abrieras el libro / y vieras palabras. / Quisiera que oyeras sonidos”. O lo que el lingüista Evelio Cabrejo señala: “las palabras son notas musicales que componen esa música lingüística necesaria para que los bebés construyan su propia voz”. O lo que dice Mistral, también citada en Trinares: la poesía que debería servir al niño es aquella que “si no se canta, debería cantarse”.
En este libro también está muy presente el hogar, construido de canciones y silencios que arropan por igual, de la lluvia que abraza, del reflejo en el río y del barco en el horizonte. Esa casa es similar a la que arma Circe Maia cuando dice “las palabras / pueden armarse como casas / con cubos de madera, pero casas / aéreas, invisibles. Escucha…”. Ese hogar, entonces, es también de palabras, como se revela en el poema del mismo nombre, pero ante la incapacidad inherente del significante, solo nos queda el amor por esas palabras para levantar un refugio etéreo.
De hecho, Munita reconoce esa incapacidad del significante y asegura que “La palabra `mar´ no llega / al fondo de lo que se nombra”, tal como Circe Maia dice que “en la palabra `lluvia´ ya no suena / la lluvia entre las hojas”. Y aunque las palabras a veces sean precarias, la casa por ellas erigida en Trinares tiene la gracia de que en ella el verso crece como una flor y es polinizado gracias al lector; o, si se quiere, el verso surge como un trino más: “preciosa gema / allí anida el poema / más lindo del universo” dice Munita.
Ese anidar se vive como un prodigio, pues la “Llegada del poema” es escurridiza cual pez, fugaz como un rayo: ese momento transitorio de belleza del que habla el término japonés mono no aware y que bien sintetiza el autor, es “pluma que cae a tus pies / (un cosquilleo florece) / hay días que el verso crece / y días en que se esfuma / como en la ola la espuma / que viene y desapar” (no es error, solo es la fugacidad que hace incluso evaporarse las últimas letras del verso). “La música del mundo” de la cual habla Munita en el poema que se titula así, y a la que bien alude en la cita de Gabriel Ferrater que lo encabeza -“diré lo que se me escapa”- es la de lo breve, lo resbaladizo, que nos hace “florecer por dentro”. Este animal difícil de alcanzar tampoco pierde su naturaleza esquiva en el poema “El baile”: “las palabras en su peregrinaje // sobrevuelan la página, ¡bandada! / cual barco sin más puerto de llegada / que el íntimo placer del propio peregrinaje”.
Este libro me lleva a recordar el poema “Una historia de verano” de Mary Oliver, pues produce un efecto similar al que señalan sus versos:
Cuando el colibrí / hunde su pico / en la trompeta de la parra (…) otra vez, me sorprendo: / pequeñas cosas, a nuestro alcance / existen en el mundo // que no están hechas / de oro / ni de poder / —que nadie posee // ni puede comprar / ni con una montaña de dinero / —que simplemente / flotan sobre el mundo // (…) y aquí estoy // perdiendo el tiempo / como quien dice, mirando / hasta que la mirada se vuelve sentimiento / y entonces, siento que soy yo misma // un pequeño pájaro…
Felipe Munita ya tiene experiencia ejercitando el idioma pajarístico, en palabras de Juan Luis Martínez, esto lo vimos ya en su libro Diez pájaros en mi ventana, donde también observamos el hábil manejo del sonido, el ritmo, el silencio y la métrica a través de sonetos, décimas, coplas, cuecas, preguntas, tercetos y la sextilla hernandiana, sin dejar de lado otras formas, como la prosa poética y el caligrama “A un árbol reflejado en un río”, al que se debería sumar “La garza” por su disposición larga y estilizada de texto que nos recuerda a esta ave espigada. En un mundo pequeño como lo es el de la poesía infantil, y aún más pequeño como el de la poesía que se desafía a sí misma escapando del verso libre, Trinares es también una clase de cómo construir un universo emplumado cumpliendo las normas de una métrica que no va en desmedro de la belleza de las imágenes que evoca y que no se siente encorsetada por esas mismas normas.
Por último, una capa más en Trinares: en él encontramos cosas que parecen ser algo, pero no, que están, pero tampoco, tal como opera la metáfora, que encuentra el parentesco huidizo de las cosas en un juego de “me ves, ahora no me ves”. Versos como: “Ahora es un conejo, ahora un pez, ahora un perro”; o “¿Es este el mismo árbol que allá en tierra reparte sus colores al cielo?”; o “al llegar ya se ha ido / pájaro leve” nos hablan de huellas que nos invitan a intentar aprehender la fugacidad de lo que nos rodea sin intención de atraparlo del todo, sino contentándonos tan solo con la increíble suerte de ser testigos de esa misma fugacidad.
Esa invitación abierta y textual que recibimos en Trinares -donde el poema es una co-construcción gracias a los ojos creadores del lector-, acompañada de imágenes repletas de movimientos y aleteos de albatros, garzas, colibríes y golondrinas, nos regala a sus afortunados lectores la posibilidad de ser, como decía Maia, un pájaro más, y entregarnos a un canto poético que queda resonando aún después de cerrar el libro.
* Agradecemos a Ángeles Quinteros por compartir este texto con nosotros y autoriza su publicación.
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Ángeles es editora especializada en literatura infantil y juvenil, docente universitaria. Creadora del sello infantil de literatura en Editorial Planeta Chile y editora en Alfaguara Infantil. Autora de diversos libros infantiles. Actualmente colabora con distintas editoriales y organismos, y desarrolla proyectos propios como editora, investigadora y autora.
Para conocer más de Ángeles: @angelesquinteros
*Crédito fotografía: Claraboya Ediciones
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