
Sembrando historias en Cerro Navia: un camino colaborativo con Fundación Fibra
EL MUNDO MIRA A CHILE
El círculo encantado y otras obras de teatro infantil
Mónica Echeverría
Ediciones Biblioteca Nacional – Ediciones UC
Este libro recoge una parte de la inmensa obra que hizo Mónica Echeverría, a partir de sus inquietudes, siempre in crescendo, encendidas, abarcando múltiples campos.
Hija de la escritora María Flora Yáñez Bianchi y de José Rafael Echeverría Larraín, con dos hermanos que la querían y apreciaban, su nacimiento en lo que ella insistía en llamar la oligarquía chilena, no le impidió salirse de todos los moldes y emerger triunfante con renovadas ideas y banderas que hacía suyas mostrándolas, representándolas.
Algo de la comedia «del improviso» corría por sus venas. La calle, voces atronadoras, movimientos corporales, salir al paso como fuera, la invención desbordante ajustada
a la atmósfera: el teatro. Esa palabra que viene del latín y del griego theaomai, que significa contemplar, observar, examinar, mirar, le calza a esta autora: ella miraba y, a la vez, respondía con imaginación a toda circunstancia. Mónica fue una mujer de mucho trabajo: escritora de ensayos, novelas y obras de teatro, profesora de literatura, actriz y directora teatral. Aquí, yo dejo intencionalmente de lado,
otros de sus múltiples talentos.
De sus años del Pedagógico en la Universidad de Chile, estudiando Literatura, pasó a talleres de teatro en la Universidad Católica. Pero Mónica se sintió encerrada, quería con un grupo ir más allá, con mayor independencia. Así fundó en 1955, junto a Paz Irarrázaval, Chicha Ossa, Julio Retamal, Claudio di Girolamo, Irene Domínguez y otros amigos, el grupo Ictus. Fue algo decisivo para el teatro chileno, porque desde sus inicios este grupo marcó la cultura, dándole un rol muy fundamental al asombro, a lo nuevo. Iniciaron su trayecto con generosidad, pidiendo ayuda en el Instituto Chileno Británico de Cultura, la Embajada de Japón y algunas municipalidades.
Más adelante se incorporaron Jaime Celedón y Jorge Díaz, años después Nissim Sharim, actores, directores y creativos muy relevantes en el camino de la nueva compañía. Personas como Delfina Guzmán y Carla Cristi, fueron estables en muchos años de creación.
Entre todos formaron un sólido grupo teatral que se distinguió por poner en escena autores extranjeros contemporáneos, como el autor rumano-francés Eugene Ionesco que irrumpía con el «teatro del absurdo». A la vez, admiró la voz política del magnífico autor alemán Bertold Brecht, en quién se inspiró al escribir El círculo encantado. El dramaturgo chileno Jorge Díaz, activo miembro del grupo, planteaba nuevas e interesantes propuestas y con su experiencia de arquitecto hacía escenografías, programas e incluso participó como danzante en la coreografía de algunas obras. Jorge Díaz fue un creador infatigable e hizo una gran colaboración, también escribiendo teatro para jóvenes.
Algo propio del Ictus fue hacer teatro para niños, obras que se dieron en la sala La Comedia y en diversos lugares. Otro elemento muy significativo, cuando el grupo Ictus ya estaba afianzado, fue estrenar muchas obras de creación colectiva.
Tenemos que pensar que en esa época la tecnología no había irrumpido en Chile y el teatro era decisivo para la cultura del país. El Ictus, en su época de teatro para jóvenes, logró entregar a su público obras de gran belleza, con despliegue de elementos y una preparación rigurosa, alzó encendidos recorridos. En esa época yo trabajé como ayudante de dirección de Mónica y también dirigiendo obras de teatro para niños, por lo cual conocí muy de cerca esa significativa etapa creativa.
El proceso de trabajo en el teatro para niños, cuando
Mónica dirigía, consistía en ensayos de lunes a viernes con horarios fijos. Se abordaba la lectura de la obra, el trabajo de personajes, la creación de atmósferas, en un exigente horario. No se descuidaban los detalles y por eso, leo en una Cronología de ensayos, la participación en coreografía con artistas como Rocío Rovira, Hernán Baldrich, Alfonso Unanue. También había momentos para trabajar la música con personas como Vittorio Cintolesi y diversos compositores. Más al final venía el trabajo de iluminación, escenografía,
vestuario, programas. Era un torbellino de preliminares.
Los actores y actrices eran siempre un grupo que, conociendo a Mónica, sabían que aparecerían sorpresas en los ensayos. El trabajo de mesa con que se iniciaba el estudio de la obra, consistía en una etapa creativa más. Los actores y actrices, con gran profesionalismo, accedían a los nuevos textos o agregados, siempre provocadores. Mónica fue una gran irreverente, como lo mostró toda su vida en su lucha por los ideales que sostenía.
A veces, en los ensayos —y este es un punto muy relevante en su forma de trabajar—, actores o músicos o técnicos expresaban discrepancias. Mónica, respetuosa, tomaba en cuenta otras ideas y retomaba el libreto, incorporando pensamientos de sus colaboradores. Hay muchas anécdotas de ese tiempo de trabajo. Una de ellas fue con la dotada actriz Carla Cristi, que debía cantar un texto que no lograba entonar y cuya letra decía: «Sola y solita como una pocita tengo que quedarme, sola y solita…». Desesperada, Mónica le dijo: «…pero Carla, no siempre se puede estar con Lucho…», aludiendo a su pareja Luis Poirot. Su excelente sentido del humor y de juego, estaba siempre presente y nos hace recordar las palabras del gran Federico García Lorca
sobre el duende en la obra de arte: «Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Todas las artes, y aun los países, tienen capacidad de duende, de ángel y de musa». Mónica le daba, sin duda, un espacio al duende en sus trabajos.
El teatro para un niño, en la continuidad de los tiempos, produce un descubrimiento muy íntimo, su imaginación se expande y su interioridad, su parte espiritual, encuentra preguntas y, tal vez, algunas respuestas. Se fascinaba el niño con la participación, que en ciertas obras era muy activa. Se buscaba la colaboración incierta, posiblemente poética o delirante de los niños. En la concurrencia del trío autor-actor-espectador, el niño puede participar desde su individualidad única, siempre necesaria y logra una feliz relación entre pensamiento y proceso, se siente parte de ese encuentro con la imaginación creativa. Mónica facilitó al máximo estos diálogos improvisados con sus jóvenes espectadores.
La música era un elemento básico en las obras infantiles y se contaba con Vittorio Cintolesi, Martín Domínguez, actor e interprete, Luis Advis, Miguel Letelier, Gonzalo Herranz. En la mayoría de los casos se grababa en un estudio de música, con partituras y músicos profesionales, banda grabada que se tocaba en las funciones acompañando las voces de los actores. Otras veces, pocas, había música en vivo. Recuerdo las dificultades de algunos actores con la afinación en el canto. Evoco haber ayudado a Alejandro Sieveking, Carla Cristi, Jorge Guerra y otros actores a trabajar el tema musical. Y a la vez los talentos de María Elena Duvauchelle, Héctor Noguera y Carmen Barros.
La escenografía en los estrenos del Ictus estuvo en manos de Claudio Di Girolamo y también de arquitectos, como Fernando Castillo, Lucho Moreno y el mismo Jorge Díaz. A partir de la época de extensión, el jefe técnico del Ictus, Hugo Cáceres, construía las escenografías parceladas, ligaba diferentes partes con bisagras, es decir, se trataba de que se pudieran transportar en la parte descubierta de una citroneta que nos prestaba una amiga, para hacer funciones en diferentes partes, siempre buscando poblaciones marginales.
La extensión del teatro infantil partió junto a una sobria taza de té, en el Palacio de La Moneda. Un día me llamó a mi casa una señora, era María Ruiz Tagle de Frei, para convidarme junto a Mónica, a tomar té con ella a la oficina que tenía en La Moneda. Yo la había conocido en la casa de mis padres. Fuimos con Mónica y nos recibió con gran cariño y nos contó lo lejos que estaban del arte y del teatro tantos chilenos que vivían en poblaciones. Nos pidió si podíamos trabajar para esos niños. Por supuesto que ambas nos entusiasmamos con la idea y cumplimos la promesa contraída.
Mirando hoy ese encuentro, recuerdo que no hablamos de dinero, que era siempre escaso. Solo nos encantó la idea y los actores se sumaron con gran generosidad.
El vestuario fue muchas veces diseñado por artistas plásticos, recuerdo a Eduardo Vilches y Cuca Burchard. Se fabricaba «en casa» con la cooperación de muchos amigos. Rememoro el compromiso de la cineasta Alicia Vega, tejiendo la interminable bufanda del gato de Pedrito y el lobo. Hizo camino este teatro algo hogareño.
Mónica Echeverría, con su trabajo generoso, logró darle vida a las bellas palabras de Gabriela Mistral que dicen: «Lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo». Mónica trabajó con una inmensa fuerza para que su pueblo tuviera una vida mejor.
Fui su alumna de Castellano en mi etapa escolar y supe de su conocimiento profundo, especialmente de la literatura española del siglo XV al XVII y, de la poesía de chilenos como Vicente Huidobro que, con el creacionismo, rompía todos los moldes. En la escritura de Mónica tanto en el ensayo como en el teatro, están presentes ambos aspectos: el rigor y la creatividad de la lengua.
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Agradecemos a María Luisa Pérez Walker y Ediciones UC por su autorización para publicar el prólogo de El círculo encantado y otras obras de teatro infantil, de Ediciones Biblioteca Nacional y Ediciones UC
¿Quieres saber más de la historia y obra de Mónica Echeverría?
Te invitamos a ver esta interesante entrevista a Consuelo Castillo Echeverría, de Hitos de la historia Podcast.
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