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EL MUNDO EXPLORA A Latinoamérica
Páginas públicas: Leer en el paisaje callejero de América Latina
Marcy Schwartz
Editorial EDUVIM, Buenos Aires 2025.
Durante el mes de junio de 2025 se realizó la presentación del libro Páginas públicas: Leer en el paisaje callejero de América Latina, de la investigadora y Académica del Departamento de Español y Portugués, Rutgers University, Marcy Schwartz.
Compartimos con ustedes la presentación realizada por Christian Anwandter, Director ejecutivo del Diplomado en Cultura escrita y formación de lectores, Universidad Adolfo Ibáñez
La lectura fue pensada durante mucho tiempo como la actividad de recepción por excelencia. El lector no añadía ni creaba, sino que acogía, glosaba y descifraba. En el siglo veinte, el lector se reinventa como co-creador. Cada lectura, entendida como punto de encuentro entre texto y lector, produce interpretaciones diferentes. Sin embargo, el lector rehabilitado seguía siendo pensado como un individuo culto y aislado. Sin embargo, los lectores no salen de la nada, no nacen espontáneamente, sino que forman parte de comunidades.
Stanley Fish, provocadoramente, decía que son las comunidades interpretativas las que escriben los textos, de forma que hoy no nos parece tan extraño decir que la lectura se escribe de distintas maneras, en distintos idiomas, en distintas ciudades. La lectura se declina según el tiempo y el espacio, según la persona y la comunidad. La lectura es una pieza móvil en un entramado complejo de prácticas, valores, creencias, motivos, sentidos, historias.
Hay una utopía de la lectura – capaz de corregir males que tal vez son inherentes a lo humano –, y también una distopía. Marcy Schwartz nos recuerda, en efecto, que el libro también ha sido “instrumento de sometimiento, violencia y dominación” (26). Hace no tanto, en Chile, el libro era objeto peligroso, de persecución y censura. Era posible enterrarlos, para salvarlos, o quemarlos, para desaparecerlos. Los militares destruyeron las oficinas de la Editorial Quimantú, iniciativa estatal que, durante la Unidad Popular, masificó la publicación y la distribución de libros en Chile, extendiendo las redes del libro y de la lectura hacia lugares en que este antes no llegaba: kioskos, fábricas, sindicatos, organizaciones vecinales, etc. En Estados Unidos, la American Library Association informó que, el año pasado, hubo casi 2500 solicitudes de retiro de libros en bibliotecas. Los libros que fueron víctimas de estos intentos de censura hablan de manera crítica sobre la historia de ese país, sobre identidad de género, sexualidad, entre otros temas que incomodan a sectores ultra conservadores, grupos que consideran mejor silenciar esas lecturas, para todos, que enfrentarse, con otros, a una conversación en torno a ellas. Extraña manera de celebrar el poder de la lectura. Hay momentos de la historia, entonces, en que los libros son retirados del espacio público, confiscados, destruidos o puestos bajo sospecha. Son momentos que coinciden con ataques a la democracia y a su pluralidad inherente.
La lectura, muchas veces, es un campo sobre determinado de expectativas, donde a menudo lo que se pierde es la experiencia misma y la posibilidad, en ella, de decepcionar todas esas expectativas. Porque hay algo irreductible en la experiencia de leer, algo irreductible y a la vez impredecible, que es semilla de lo abierto.
Hoy, en un contexto enrarecido, saturado por amenazas de guerra, y donde se siente en el aire cierto desdén por el libro, cierto odio contra lo intelectual y el rigor que compromete la noción de verdad, el valor de Páginas públicas: leer en el espacio callejero de América Latina, reside, entre otras cosas, en rescatar iniciativas que, de distintas formas, hacen posible una experiencia abierta de lectura que, en fuerte contraste con dictaduras y pensamientos autoritarios, permiten el diálogo y la construcción de un horizonte compartido.
Y, a través de estas páginas, Marcy no solo nos invita a mirar con detención las posibilidades de la cultura escrita en nuestro tiempo, sino que también a habitar nuestras ciudades como lectores de lo que el espacio público significa en el horizonte de una vida en común.
Este libro, publicado en una primera versión en inglés el 2018, ahora aparece en español, incorporando el impacto que tuvo la pandemia para algunas de las iniciativas estudiadas y, de forma general, lo que esta representó para las relaciones entre lectura y espacio público. El libro de Marcy indaga la “lectura en público”, es decir, programas que llevan la literatura a la calle para crear nuevas comunidades de lectores (20). A pesar de que en el imaginario cultural existe una representación solitaria del acto de leer, reforzada probablemente por una mirada que subraya operaciones cognitivas como principal modo de aproximación a lo escrito, las prácticas sociales de la lectura son antiguas y relevantes. Marcy pone el énfasis en iniciativas que “usan el espacio público, acercan la escritura creativa a un público masivo, promueven la lectura colectiva antes que la individual, y facilitan el acceso a la literatura en escenarios no convencionales” (20). Con una mirada que atraviesa el continente, percibe que estas iniciativas surgen en un contexto similar: buscan recuperar el espacio público tras años de políticas neoliberales (de confiscación de lo público en manos del mercado) y restaurar la democracia tras experiencias de conflicto violento y dictaduras. En este contexto histórico y político, recuperar lo público mediante experiencias de lectura es, para la autora, “reconstruir la confianza ciudadana y la pertenencia urbana” (20). Marcy propone que la lectura tiene una potencia capaz de fortalecer el horizonte democrático de nuestras ciudades.
Si, en el plano discursivo, el campo de la lectura es difuso y problemático, un discurso difícil de sortear de tantas contorsiones que acostumbra a dar en sus distintas declinaciones, incluso en el consenso sobre su importancia, lo cierto es que en el libro de Marcy se configuran nítidamente experiencias reales de ciudades lectoras. Ciudades que, ya no según el modelo elitista de la ciudad letrada, democratizan la lectura sin temor a que se produzcan vínculos inesperados y resignificaciones inéditas de obras. Marcy pone el énfasis, además, en experiencias de lectura que, en la ciudad, se abren a una dimensión social. Sin hacer una diferencia tajante entre lo individual y lo social, lo privado y lo público, el libro enfatiza que se trata de programas que, en definitiva, intentan romper el ensimismamiento elitista en que la lectura literaria tiende a enfrascarse, y a crear, como dice Marcy, “ciudadanos participativos” (27).
El libro comparte en cinco capítulos, con entusiasmo, distintas experiencias a lo largo de América Latina, que apuntan en esta dirección a pesar, muchas veces, de circunstancias adversas. En el espacio urbano, plantea Marcy, se disputan experiencias posibles, y los programas de lectura como Santiago en 100 palabras, la celebración como capital mundial del libro en Bogotá y Buenos Aires, Libro al viento de Bogotá, las ferias del libro, las experiencias de organización barrial en la crisis argentina del 2001, las editoriales cartoneras o las bibliotecas de libros censurados, interrumpen un cotidiano marcado por exigencias productivas, donde el espacio se atomiza en individuos cuyas funciones hacen parte de estructuras jerarquizadas y con objetivos económicos que minan la posibilidad de un encuentro entre ciudadanos de un horizonte democrático común.
Me gustaría, a esta lista de iniciativas, mencionar dos que me parecen destacables: los “bombardeos” de poemas que realiza el colectivo Casagrande, en lugares en que ocurrieron ataques aéreos y que, repitiendo la escena del trauma, rearticulan una experiencia invitando esta vez a recuperar los espacios que alguna vez fueron destruidos, obligando al refugio, a la huida, o que provocaron la muerte. Hace algunos años, en Santiago, nació la Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil (BILIJ). Se trata de un lugar de encuentro en torno a la lectura y los libros que, con vocación latinoamericana, se ha transformado en un espacio comunitario, devolviéndole a la ciudad un parque situado en el predio del edificio patrimonial Hermanitas de los Pobres, barrio Matta Sur. El libro de Marcy nos permite reconocer e identificar que estas iniciativas hacen parte de un mismo esfuerzo, y que construyen una experiencia similar, a pesar de sus diferencias.
Para suscitar la participación, el libro sale de sus páginas y se aventura en el espacio urbano, sale al encuentro de destinatarios impensados, confiando en que, de estas experiencias, se produce una inclinación al encuentro con el otro, una mayor cercanía propicia para el diálogo. Lo que Marcy nos recuerda es que las prácticas de lectura, aunque las experimentemos individualmente, están conectadas con el horizonte político democrático. En otras palabras, es una invitación a habitar nuestras ciudades, recordándonos que a través de la palabra y de la imaginación, es posible construir otro tipo de realidad.
Quisiera cerrar esta presentación mencionando un punto que me parece importante. Hoy vivimos un momento de utopismo tecnológico. Puedo escribir un “prompt” para saber qué ideas contiene el libro Public Pages de Marcy Schwartz. La IA me dirá que se trata de un libro de experiencias que “reapropian el espacio urbano, promueven la lectura colectiva, destacan iniciativas locales, y articula lectura e integración democrática”. Esto lo puedo ver en la pantalla de mi celular o de mi computador. La operación toma segundos. El esfuerzo, por mi parte, es mínimo. No tengo nada en contra de las posibilidades que traen las tecnologías (el libro mismo es una tecnología, hay que recordarlo).
Quisiera, en cambio, observar cómo la inteligencia artificial no solo replica el gesto de ensimismamiento entre usuario-dispositivo en el espacio público, sino que también, al delegar prácticas lingüísticas y cognitivas a los algoritmos de escritura generativa, se borran los espacios que estas tecnologías requieren (los centros de datos, la energía que consumen, etc.), y se borran también los intercambios sociales que están en la base de la operación de entrenamiento de los modelos de lenguaje utilizados.
Para poder obtener una respuesta a un “prompt”, los modelos de lenguaje recurren a enormes bases de datos que contienen millones de textos escritos por otras personas. Ahí están los “otros”, pero que ya no aparecen como habitantes de un mismo mundo, sino que como huellas digitales, como probabilidades entrenadas, siempre disponibles, siempre computables. De una manera extraña, también hay “solidaridad” (es gracias al trabajo de otros que podemos obtener lo que necesitamos). Sin embargo, la experiencia de la solidaridad desaparece. Y es que no se trata de solidaridad, sino que de una apropiación. En el espacio digital que nos propone la IA, nos podemos apropiar del trabajo que otros han efectuado casi instantáneamente y, gracias a eso, tal como imaginan los desarrolladores de estas aplicaciones, aumentar nuestra productividad y reducir nuestros tiempos de trabajo (hasta dejarnos sin trabajo, incluso). El libro de Marcy me permite entender que esto significa un nuevo desafío para nuestras ciudades. Y que las experiencias que recoge en su libro pueden pensarse, en oposición a estas tecnologías, como inteligencias sociales que nos harán mucha falta para enfrentar las amenazas que se ciernen sobre lo abierto, lo frágil, lo común y lo público.
*Agradecemos a Christian Anwandter por su autorización para publicar este texto.
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Christian Anwandter, Director ejecutivo del Diplomado en Cultura escrita y formación de lectores. Universidad Adolfo Ibáñez.
Fotografía: UAI
Marcy Schwartz, Académica del Departamento de Español y Portugués, Rutgers University y autora del libro.
Fotografía:Rutgers University
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