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El Mundo

Conversación con Pep Carrió:

“El hallazgo empieza en esos encuentros fortuitos, con el tiempo va formando parte de tu obra y de una manera de ver”

Paula Loyola M.

abril 4, 2024

Pep Carrió es un reconocido diseñador gráfico, ilustrador y artista plástico español (Palma de Mallorca, España, 1963). Su obra se destaca, entre otras razones, por su versatilidad, su enfoque conceptual y profundamente poético. En la actualidad, Pep es sin lugar a dudas uno de los artistas visuales e ilustradores más reconocidos tanto dentro como fuera de España.

Pep Carrió

En 2009, fundó en Madrid su propio Estudio de diseño bajo el nombre Pep Carrió diseño y comunicación. Su portafolio incluye el diseño de portadas para editoriales renombradas como Espasa, Santillana, Taurus y la AECID. Su obra artística ha sido exhibida en numerosas exposiciones individuales y colectivas. Asimismo, ha desarrollado un extenso trabajo como ilustrador de libros tan notables como El lenguaje de las cosas, La tristeza de las cosas y Casas, escritos por María José Ferrada; o Memoria y haiku, recientemente publicado por la editorial Nórdica Libros.

Hace unos días tuve la suerte de entrevistarlo y me contó sobre su faceta como recolector, sobre los amigos que ha hecho en el proceso de crear libros y la incidencia del azar y el hallazgo en el arte y en la vida.

Alguna vez te escuché decir que eres un observador del suelo, pues mientras caminas, siempre estás pendiente de los objetos que te encuentras. En ese sentido, ¿cómo influye la observación del mundo que te rodea en tu trabajo creativo?

Te diría que influye absolutamente. Tengo el recuerdo de ser muy pequeñito e ir con mi madre a pasear por el campo. Había un camino que le llamábamos “el camino de la buena suerte”. La idea era encontrar cosas: una piedrecita, una flor. El hallazgo empieza en esos encuentros fortuitos, con el tiempo va formando parte de tu obra y de una manera de ver. Dentro de mi obra se produce ese encuentro sobre todo en las playas. Yo recolecto piedras, maderas, etcétera; o en los rastros (ferias). Las playas son los colectores del mar y los rastros son los colectores de las ciudades, donde va a acabar la memoria desordenada, de forma muy aleatoria. Yo creo que el gran generador del surrealismo son los puestos del rastro, donde se pueden mezclar fotografías con objetos y escenas muy evocadoras. Ese encuentro dispara una forma de contar, que tiene que ver con el archivo, con el ordenar el caos. Entonces, mirar el suelo forma parte de esa búsqueda. Mirar el suelo en las ciudades, en las playas. Y recoges. Puedes recoger llevando una bolsa y metiéndolo en tu mochila, pero también haciendo una fotografía. Al final, parece que todo eso que vas recolectando está conectado. Dices: “¿qué tiene que ver una piedra encontrada en una playa con una fotografía en el rastro?”. Bueno, al final todo tiene que ver un poco entre sí. Cuando ya profundizas, te das cuenta de que hay muchos artistas que tienen esa pulsión por el recoger y darle otra mirada a lo recogido. 

¿Por qué la playa es un sitio tan importante en el desarrollo de tu trabajo artístico? 

Yo soy de Palma de Mallorca, una isla, y mi infancia transcurrió al lado del mar. Íbamos al campo a recoger espárragos, caracoles o a pescar.  No entendíamos el ir a la playa a echarnos en una toalla a pasar el día. Eso me sigue pareciendo muy aburrido. Ir a dar un paseo por una playa en invierno a recoger madera es una experiencia que durante muchos años he hecho y sigo haciendo. Ningún paseo es igual que el anterior. Las mareas van colocando las maderas o las piedras por tamaños. Dependiendo de la costa, el tipo de piedra es diferente. Se acumula un tipo de madera en un sitio que no se acumula en otro. Hay una especie de topografía de los restos, que notas con el tiempo. Son paseos que tienen siempre ese componente de la sorpresa. 

Ilustración de Pep Carrió en cuaderno personal

Tienes alma de recolector…

Decía Begoña, mi mujer: “yo iba al rastro, veía esas mantas llenas de cosas y me preguntaba: ¿quién se comprará esto?”. Y ha acabado con un recolector (se ríe). Pero voy buscando cosas muy simples. Cuando encuentro algo que por sí mismo tiene demasiado valor, eso no suele valerme para nada. Es el material en bruto el que inspira a trabajar con él.

Respecto a tu trabajo, que es muy variado y versátil, en él está muy presente el libro. Tanto en tus proyectos como diseñador gráfico, especialmente enfocado al ámbito cultural y editorial, como en tu labor como ilustrador.  De todos los libros que has hecho, ¿hay alguno o algunos que sean especialmente significativos para ti? 

Muchos, pero algunos puntualmente lo son porque han abierto una relación de amistad con gente. Para mí el libro siempre ha sido el cierre de un proyecto artístico. También ha sido un elemento para contactar con gente y en muchos casos forjar una amistad. Uno de los primeros libros que marcaron una relación de amistad fue “Generación Beat”. Eran poemas inéditos en España de Allen Ginsberg, Ferlinghetti o Gregory Corso. Fue el primer libro que nos unió muchísimo con Fernando Beltrán, hasta ahora, que seguimos haciendo cosas y tenemos una relación muy cercana. Luego, otra persona muy importante para mí ha sido Carlos Grassa Toro. Nos conocimos a través de nuestro común amigo Isidro Ferrer en el festival de cine de Huesca. De ese encuentro nació 30 de diciembre, un libro que relata un naufragio frente a un archipiélago en el que cada personaje acaba en una isla. Ese libro abrió una relación que se mantiene hasta ahora. De hecho, acabo de hablar con él esta tarde. Luego, otra persona que he conocido por medio de un libro ha sido María José Ferrada. El primer libro que hicimos juntos se llamó El lenguaje de las cosas, que lo publicó la editorial El jinete azul. Ese libro también nos ha abierto a una amistad. Con ella seguimos teniendo proyectos en marcha. 

Así como cada libro en el que trabajas tiene una persona detrás con la cual te has vinculado, también en cada libro utilizas una técnica artística distinta. Por ejemplo, en Memoria y Haiku realizas ilustraciones, y en otros, como El lenguaje de las cosas, utilizas el collage digital. ¿De qué depende que elijas una técnica u otra? 

Mira, te voy a contar porque es curioso. En el caso de El lenguaje de las cosas sí que cogí unos textos y trabajé unas ilustraciones para esos textos, pero en el caso de Memoria y haiku fue a la inversa. Durante un año desarrollé un proyecto que consistió en dibujar una cabeza cada día en un cuaderno. Siempre era la misma forma, pero iba probando técnicas. La misma cabeza vista desde el collage, desde la acuarela, desde la tipografía. La idea era la extenuación de la forma. Durante ese año, hice un cuaderno entero. Entonces, cuando los editores Diego y Eva me proponen hacer el proyecto, ellos ya veían las cabezas como un elemento que iba a ser muy interesante para ilustrar esos haikus. Eva Ariza, que es la persona que hizo la selección de haikus, fue la que seleccionó de esas 365 cabezas las que ella veía que se relacionaban con la tipología de los haikus, con lo cual fue una especie de proyecto a la inversa. Casas también tiene una historia muy bonita, pero que está inscrita en un momento muy terrible, que fue la pandemia de Covid. Hubo un movimiento que se hizo viral en las redes sociales de “quédate en casa”. 

Pep dibujando en sus cuadernos

Durante diez años -y todavía-, hago una imagen diaria en un cuaderno. Entonces, recuperé de 6 o 7 años para atrás todas las imágenes en las que había una casa y empecé a poner en Instagram la imagen con el hashtag “quédate en casa”. En algún momento hablamos con María José Ferrada y dijimos: “oye, por qué no nos sumamos y hacemos que esas casas vayan acompañadas de un texto”.  Así, le mandé a María José todas las imágenes que tenía hasta el momento y yo seguía haciendo imágenes de casas. Y ella, con ese material, escribía un texto sobre un habitante imaginario. Pero para llegar a ese habitante ella se metía a Google Maps, entraba a un barrio de Tokio, por ejemplo, elegía un personaje y escribía una historia.

Ese proyecto de Instagram empezó a tener mucha gente que lo seguía. Mónica Bregna, que es la editora de Alboroto Ediciones, vio el proyecto y dijo que quería editarlo. Todo eso que era un material en bruto, luego se pulió, se hizo una  selección, se le dio forma. Era muy curioso porque imagínate que estábamos María José en Santiago de Chile, Mónica en México DF y yo en Madrid. Los tres encerrados en nuestras casas. Creo que Casas tiene ese pozo de algo que nació de otra cosa: nadie pensó en hacer un libro que se llamara así y que iba a tratar de cierto tema, sino que se formó. Yo creo mucho en el desarrollo del azar. Muchas veces forzamos las cosas para que ocurran y no ocurre nada, y a veces las cosas más inesperadas se convierten en proyectos. Pues bueno, Casas es un libro que se ha editado en México, en Italia y ahora en España. En su momento, fue como una balsa a la que agarrarse.

También veo que fue un proceso de recolección. Revisar tus cuadernos, recolectar esas imágenes de casas…

Pues fíjate, así es. No había caído, pero sí, fue un trabajo de recolección. Fue buscar imágenes en mis antiguos cuadernos para darles otra vida y eso, además, me abrió a realizar nuevas ilustraciones. 

Me parece genial cómo tus ilustraciones propician ese tipo de situaciones. En el caso de Memoria y haiku, los editores vieron la relación entre las cabezas y los haikus y en el caso de Casas, María José Ferrada se basó en tus ilustraciones para escribir. Algo tiene tu trabajo que inspira a crear historias…

Eso para mí es un lujo. No puede haber nada más bonito. Te diré que yo no suelo ilustrar de encargo. O sea, trabajo como diseñador, hago portadas de libros, pero es raro que a mí me llamen para ilustrar. Siempre son cosas bastante azarosas. Hay otro libro que se llama Una niña, pues este libro nació de la búsqueda de nuestra hija en Bolivia. A nuestra hija Graciela la adoptamos en el año 2000 en Bolivia. Fue un proceso muy bonito y bastante complejo. Carlos Grassa Toro nos regaló el cuento Una niña y yo durante un año me dediqué a construir en madera a partir de ese cuento. Fue como una especie de ejercicio, de darnos un regalo a todos los que habíamos estado metidos en ese proceso. No es un libro que haya nacido de una editorial. Iba a ser algo para amigos. Luego hubo una editorial que se interesó y estuvo un tiempo en el mercado. Pero todas son cosas siempre casuales. 

Portadas de libros ilustrados por Pep Carrió

Además, pensar que hoy día estás haciendo una ilustración y no sabes en qué libro o en qué proyecto va a terminar más adelante. Dependerá del azar.

Es que no lo pienso. Seguramente si lo pensara, ya nacería un poco contaminado. Yo creo que hay cosas que vas haciendo y no sabes muy bien por qué… porque lo necesitas, porque no puedes no hacerlo. Necesitas expresarte más allá de tu trabajo profesional, tener una parte que no está condicionada por el encargo. Ocurre igual en la obra artística. Cuando planteo una exposición no estoy pensando “voy a hacer esta exposición”. Voy haciendo lo que me apetece en cada momento. Ahora, en estos últimos años, lo que ha ido cogiendo espacio más allá del collage y del objeto ha sido el dibujo y el dibujo a gran formato. De pronto me he dado cuenta de que en el dibujo no dependo más que de mí mismo y no del encuentro. Eres tú frente a un papel y ya está. En cambio, el collage, que es maravilloso,  depende de que encuentres imágenes y que esas imágenes te estén inspirando. Cada técnica implica un juego diferente. La idea es poder trabajar en distintas cosas, que te permitan sorprenderte, no sentir que estás repitiendo una y otra vez un gesto, una forma de hacer. Por otro lado, me parece muy admirable la gente que da con un lenguaje que le permite contar muchísimo, desde una manera siempre. 

Pero tú, pese a que tienes esa libertad creativa, igual has hecho el ejercicio de ilustrar textos. Concretamente, has ilustrado poesía. Sobre eso te quería preguntar: ¿cómo es el proceso de ilustrar un libro de poesía?

Ahí es donde está la dificultad y también el reto de no redundar en el texto, lograr acompañar con una imagen que pueda tener ese componente poético, pero que no esté reproduciendo el texto en imagen, sino que conviva, que tenga su identidad propia. Son como dos ríos que se van acercando y luego se separan, pero que cada uno tiene un cauce. Funcionan autónomamente, pero si se juntan, suman y hacen que eso coja más entidad, más fuerza y sea más interesante. Ha habido textos que al principio pienso que sí podré ilustrarlos, pero luego no veo cómo meterles mano y sentirme cómodo. Hubo un libro que hice con María José Ferrada, que era La tristeza de las cosas, publicado por la editorial Amanuta. Me costó muchísimo, porque era un libro tremendo sobre los desaparecidos. No veía la manera de contar eso. No quería entrar en el morbo. De pronto, se me ocurrió utilizar imágenes de siluetas de gente desaparecida, que aunque no son desaparecidos chilenos, sí son sombras de personas desaparecidas.  Y usar esas siluetas como base para colocar objetos que representan a esa persona. Después me quedé muy contento, pero sí hubo un momento en que pensé: “no sé cómo voy a salir de esto”. También hay ilustradores que tienen un estilo propio que se adapta a cosas muy diferentes. En mi caso yo intento buscar una forma de contar que se adecúe al texto con el que va a convivir. A veces ese lenguaje me lo tengo que inventar, no lo tengo creado previamente. Ahí voy probando. Es un territorio de experimentación.

Ya que mencionas a María José Ferrada, gran escritora chilena de literatura infantil, o a Carlos Grassa Toro, que también escribe para niños/as, te pregunto: ¿cómo influye el trabajo con estos autores en tu proceso creativo? ¿Notas algún cambio en tu enfoque cuando tienes que enfrentarte a proyectos que van dirigidos a un público más joven en comparación a proyectos que se dirigen a un público más adulto?

No, yo no intento pensar hacia quién va dirigido. Más bien intento buscar algo que me parezca interesante a mí y que responda a las necesidades de esa obra. Por ejemplo, si el libro habla de una niña, de algo muy cercano, le quiero dar la calidez de la madera. 

También creo que es importante verte reflejado en el texto, ver que tú vas a aportar algo. Me costaría muchísimo ilustrar cosas que no me representan. En ese caso, debería buscar una manera de contar muy a mi modo, buscar un camino. 

Pep, también en relación a la infancia, ¿cuál crees que es el impacto a largo plazo del acercamiento a la poesía visual y a las ilustraciones en la infancia? 

Si tú desde pequeño has tenido el acceso a libros y a imágenes que van más allá de lo puramente narrativo y previsible, tendrás una riqueza para poder valorar y apreciar cosas muy diferentes en el futuro. 

Cuando haces talleres con críos te das cuenta de que son muy valientes. No tienen miedo a nada, se tiran a la piscina y eso es muy hermoso. Mira, un ejemplo: teníamos una casita en un pueblo en Guadalajara (España), allá no había nada, era una aldeíta. Con nuestra hija muchas tardes cogíamos papeles buenos, tinta china, material que no era el típico material para niños. Si tú le das a un niño tinta china y un pincel gordo y le incentivas que empiece a pintar, te saca unas cosas que son muy potentes. Porque es un medio que no es típico. La gente dice: “ay, no, al niño hay que darle sus rotuladores de colores”, que está muy bien, pero en el momento en que tú le das otros materiales, pasan otras cosas.

En Fundación Palabra también somos recolectores. Recolectamos palabras. Cada persona a la que entrevistamos o que visita la BILIJ nos regala una palabra. ¿Podrías regalarnos una palabra y decirnos por qué es importante para ti?

Esa palabra es azar. Te he dicho antes el porqué: muchas veces hace que lo imprevisto sea tu mejor herramienta. Me gusta también cómo se escribe. Es una bonita palabra. 

Obra de Pep Carrió

* ¡Agradecemos a Pep por compartir con nosotras las fotografías que acompañan esta entrevista!

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Paula Loyola

Paula Loyola es Profesora General Básica y Licenciada en Educación (UDP). Diplomada en Edición LIJ (UDP), máster en Escritura Creativa (UCM, España) y máster en Dirección de Proyectos Culturales (Fundación Contemporánea, España). También es autora de la novela juvenil Hoja de Otoño (Ediciones B). Actualmente, trabaja para el CPEIP y el MINEDUC; realiza talleres literarios para jóvenes y adultos; y es colaboradora de Fundación Palabra.

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