EL MUNDO MIRA

CHILE

Las Aventuras de Pinocho

Una relectura desde la edición chilena

Valentina Rivera B.

Cuando se habla de clásicos en la literatura emerge una discusión que cuestiona el concepto mismo y las obras que lo componen. Algunos de los criterios que se discuten son su perdurabilidad y significancia histórica, además de su ‘calidad literaria’, la cual no resulta fácil de especificar. Sin embargo, una cosa es cierta y es que hay títulos que mantienen su popularidad entre los lectores, bibliotecas e industria editorial, confirmando, al menos, que existe un repertorio literario que conserva su vigencia a pesar de los años pasados desde su publicación original. 

Este es el caso de la obra fundamental del italiano Carlo Collodi,  Las Aventuras de Pinocho, que el pasado 7 de julio cumplió 140 años desde su primera aparición en el Giornali per i bambini. Esta era una publicación semanal para niños, donde fueron apareciendo los breves relatos que, finalmente, fueron unidos en 1883 para dar forma al libro que hoy conocemos y que está lejos de abandonar las estanterías por el momento.

Publicación de Las aventuras de Pinocho de 1883, con ilustraciones de Enrico Mazzanti.

Desde su publicación como libro, hace 138 años, la obra ha sido ampliamente traducida y difundida. Sus incontables ediciones varían en formato, adaptación y estética. No obstante, debido a la distancia entre la fecha de publicación original y el tiempo actual, una revisión constante del texto pareciera ser necesaria para volver a contextualizar y posicionar la obra. Así, en mayo de este año la editorial chilena La Pollera publicó una traducción a cargo de Francesca Barbera Kipreos, quien compartió con Fundación Palabras los desafíos más relevantes al volver a interpretar la obra de Collodi. 

Si bien Barbera posee una formación lingüística (es Licenciada en Letras y Literatura, PUC y también magíster en Estudios de la Era Moderna de la University College London) su conocimiento de la lengua italiana proviene de su padre, inmigrante italiano que llegó a Chile siendo muy pequeño y que luego traspasó el idioma y la cultura a sus hijas. La traductora de Las Aventuras de Pinocho reconoce que creció en un contexto familiar en donde lo italiano era muy relevante, heredando la nostalgia y aprecio por ese país que su padre tuvo que abandonar. Más allá de los aspectos formales del idioma, Barbera también es capaz de incorporar a su traducción ese conocimiento cultural fundamental, manteniendo así el humor y perspicacia de los personajes de Collodi. De hecho, el humor puede llegar a ser tan agudo, que la traductora cataloga esta historia como ‘‘desconcertante’’,  ya que si bien este texto tiene un didactismo explícito, Pinocho a su vez está muy lejos de ser una figura virtuosa. Al respecto, Francesca indica que ‘‘por lo general se llega a Pinocho por medio de Disney o pensando que se trata de un libro de niños, teniendo muchos prejuicios sobre eso, y te encuentras con un personaje que es muy irritante, que está en formación y que, por lo tanto, no representa al niño bueno’’.

Esta contradicción, añade, permea todo el relato: ‘‘el mundo de Pinocho es cruel, está lleno de pillos que saben mentir o engañar. Hay también elementos más oscuros como la muerte, que está perpetuamente presente en el relato, y muchas veces está ligada a la risa. Se pasa muy rápido de la muerte o violencia al humor, con transiciones muy rápidas y poco elaboradas’’. Este ritmo acelerado en la narración fue uno de los principales desafíos que tuvo que enfrentar en el proceso de traducción, no sólo para preservar la esencia de las transiciones, sino que también para mantener el juego entre el sonido de las palabras, el cual ‘‘se sustenta en repeticiones que son casi musicales, se repiten patrones en la lengua original. Por ejemplo, en italiano, hay párrafos y oraciones que son muy largos y cuando lo traspasas literal al español puede parecer como una mala traducción. El italiano y el español parecen más similares de lo que realmente son; esa concatenación que en italiano funciona muy bien, en español resulta desordenado y repetitivo’’, explica Barbera. Consecuentemente, para que el ritmo se mantenga y funcione en nuestro idioma, se deben tomar ciertas decisiones que favorecen la naturaleza del libro por sobre una traducción precisa. 

Quizás el aspecto más sustancial para que la traducción de la obra ‘‘funcione’’ es su contextualización con respecto al lugar en el que se sitúa y sus lectores. Al ser una edición chilena, hay ciertos aspectos del lenguaje que deben responder a un entorno latinoamericano. Un ejemplo de ello es la traducción de animales y especies vegetales. Barbera menciona cómo estos ‘‘van variando incluso entre los distintos dialectos en italiano y en español; cambian según la ubicación geográfica de los hablantes. En el texto original aparece la palabra gamberi y en versiones anteriores se ha traducido al español como gamba, pero acá en Chile tendemos a decir camarón. Entonces es mucho más importante escoger una palabra cercana a nuestro uso del lenguaje o el de los niños lectores’’.

Estos aspectos que pueden parecer sutiles son finalmente los elementos que permiten que el sentido original del texto se mantenga. Ese tono más coloquial de Collodi, que acerca a los lectores al ‘‘mundo de la casa, al mundo doméstico e informal, y que se puede perder cuando se traduce’’ comenta Francesca. Destaca también que, al ser Collodi un autor toscano, se hace imposible traducir el dialecto propio de la región, pero que es posible buscar otros espacios en el libro en donde recuperar ese estilo más coloquial.

A pesar del tiempo transcurrido desde su creación, Barbera considera que el humor de Pinocho sigue vigente, sobre todo si se aprovecha el lenguaje que favorece la oralidad. La nueva edición de La Pollera cumple con mantener la acidez de la marioneta y los personajes que lo acompañan,  al mismo tiempo que ofrece una versión accesible y aterrizada a nuestra región. 

 

Su portada incorpora la figura original de Pinocho hecha por el ilustrador Enrico Mazzanti, pero que en esta edición está ilustrado con líneas brillantes, que solo pueden verse si se pone el libro a la luz. De lo contrario, observamos un tronco de madera, rodeado de cuerdas, tornillos y espinas. Este guiño, totalmente intencional, se distancia de otras versiones infantilizadoras y cumple con comunicar el argumento principal de la historia, el que corresponde a un muñeco que transita entre la magia y la realidad, entre la infancia y la adultez.

Todo esto supone grandes aventuras, tal como sugiere el título. Tal vez es por esto que Francesca escoge esa palabra para regalarnos al final de nuestra conversación: aventura, ‘‘lo que vendrá, los eventos que definen nuestro crecimiento como seres humanos’’.

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Valentina Rivera B., Licenciada en Letras Inglesas, Profesora de Inglés, y Máster en Children’s Literature and Literacies, es colaboradora de Fundación Palabra.

Primera aparición de Pinocho en Il Giornale dei Bambini, julio de 1881.

Otras ediciones memorables

Entre las múltiples ediciones de Las aventuras de Pinocho, el rol de los ilustradores ha sido fundamental. Aquí destacamos algunas memorables.

Edición de Kalandraka, con ilustraciones de Roberto Innocenti.

Edición de Valdemar, con ilustraciones de Mattotti.

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